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Conferencia del Dr. Alonso Cueto

Quiero agradecer a Juan Manuel Yori y a Jorge Kantor por su invitación para estar aquí y especialmente a todos ustedes, entre quienes reconozco a muchos amigos, por haber venido. En realidad, me encuentro ante una situación inusual pues nunca he estudiado a fondo el psicoanálisis y sin embargo, siendo escritor, en cierto modo siento que me encuentro entre colegas míos. La primera razón para sentirme entre colegas es que creo que un escritor, como un psicoanalista, es alguien que en cierto modo también ha consagrado su vida y su atención a la experiencia humana, y en especial a los problemas, los traumas, las obsesiones de los seres humanos. Somos en cierto sentido unos aficionados a los conflictos, las luchas, la capacidad de persistencia de los seres humanos. A muchos de nosotros nos intriga, creo, la capacidad de los seres humanos por persistir en sus vidas, a pesar de todos los obstáculos que puedan tener. En lo particular, el mal, el sufrimiento, el dolor, la lucha, me parecen experiencias mucho más complejas y profundas, experiencias que ponen a prueba nuestro ser, que nos revelan a nosotros mismos en el riesgo. La felicidad y la armonía, en cambio, nos reconcilian con quienes creemos ser o somos, y no ponen a prueba nuestra identidad pues no la cuestionan.

Dicho de otro modo, creo que las personas felices, en el supuesto de que éstas existan, no le interesa a un escritor. Un mundo en el que todos viviéramos vidas armónicas, nos lleváramos bien con todos y pudiéramos satisfacer todas nuestras necesidades, seguramente sería un mundo perfecto y deseable pero también aburrido y poco natural. De hecho, una novela en la que todos los personajes sean felices sería una novela bastante mala y aburrida.  Quizá la mejor metáfora que se haya hecho sobre la naturaleza humana es la de Adán y Eva que muestra a los seres humanos como entregados a la búsqueda, y a la ansiedad por el conocimiento, incluso del conocimiento bajo la forma del mal. Y esto se debe a que todas las historias, todos los relatos, los de la realidad y los de la ficción, en cierto modo se originan en la insatisfacción, en la carencia, en los problemas. He dicho por eso en otra ocasión que la narrativa empezó el día que la serpiente llegó al paraíso.

Creo que tenemos pruebas de esta relación entre la narrativa y el mal en nuestra vida cotidiana. Cuando nos encontramos con alguien en la calle, algún amigo o conocido digamos, y le preguntamos como va todo, tenemos una serie de posibilidades. Si le va bien, contestará que todo está tranquilo, sin novedad. En este caso, no habrá una historia que contar. Si le va mal, en cambio, si hay algo en su vida que era o es insuficiente o insatisfactorio, si ha tenido que vencer obstáculos o problemas, en cambio, entonces si nos contara una historia. Recuerdo que cuando he viajado a Ayacucho, por ejemplo, (y no necesito decir más) todos tenían tantas historias que contar sobre ellos mismos o sobre sus amigos y parientes. Ese solo hecho nos debería enseñar que las historias se originan en el mal, en la insatisfacción, en la necesidad. Y en ese sentido, los escritores somos un gremio de aficionados al mal, es decir de personas intrigadas por la influencia que el mal tiene en nuestras vidas y a descubrir cómo podemos seguir liberarnos o al menos seguir viviendo bajo su esa influencia. La diferencia fundamental por supuesto está en que los psicoanalistas buscan que las personas se recuperen de sus problemas y en cambio los escritores dejamos que los personajes sigan con sus vidas, hasta el final de un relato o una novela. Es verdad que muchas veces, cuando un autor se encariña con un personaje intenta evitar que siga sufriendo o que muera al final de una novela, lo que no siempre es posible. A veces los autores sentimos que por más que queramos salvar a un personaje de morir, es imposible evitar su muerte. Es cierto que un escritor trata con personajes de ficción pero créanme que mientras uno escribe son personajes reales, con los que un escritor tiene una relación íntima, parecida a la que tiene con sus seres más queridos.

¿Por qué a los escritores nos interesa sobre todo los conflictos, las dificultades, las enfermedades, digámoslo así, de los seres humanos? ¿Por qué no le dedicamos tanto tiempo al estudio de la felicidad, la armonía, el bienestar? Creo que la respuesta, o una de ellas es el comienzo de la novela Ana Karenina de Leon Tolstoy. En ese famoso inicio, Tolstoy quiere ofrecer una verdad general sobre el gran tema de la literatura, el tema de las familias. Tolstoy escribe que “Todas las familias felices son felices del mismo modo. Las familias infelices, en cambio, son infelices de un modo distinto”. La frase es interesante aunque me he preguntado si es del todo correcta. Tenemos una imagen estandarizada de la felicidad. Para nosotros la felicidad es el acuerdo en la convivencia, el respeto mutuo, la búsqueda de objetivos alcanzables, una relación esencialmente armónica con el entorno. Sin embargo, según Tolstoy, la infelicidad tiene muchas distintas versiones.  La infelicidad puede darse de muchos modos distintos. Puede tener la forma de la violencia o del tedio o de la frustración, puede tener muchos caminos. La felicidad en cambio nos ofrece historias comunes, influidas por nuestra visión cultural de la felicidad, el de un acuerdo básico con nuestro entorno y el de una saludable y razonable esperanza en nuestro progreso. La infelicidad en cambio ofrece muchos caminos de exploración. Sin embargo, me he preguntado también muchas veces si la felicidad no puede ser también un camino complejo y privado, consciente y denso y particular. De lo que estoy seguro es que no tiene eventos, es decir la materia prima de un escritor.

¿Por qué a los escritores nos interesa el mal, las amenazas, el dolor? Porque una de las premisas de la narrativa es que solo puede explorar nuestra condición si pone a los personajes en una situación de riesgo. Solo en el riesgo, en la aventura, en la confrontación, en la lucha, de algún modo los personajes, y los seres humanos, revelan quienes son. El mal por lo tanto es una fuente de revelación.

Esta es entonces una primera similitud entre psicoanalistas y escritores, la de estar todos intrigados por los problemas, los obstáculos, los traumas que nos afligen y a todas las personas, en nuestra vida.  Nadie busca a un psicoanalista si su vida es plena y armónica y ningún protagonista de una novela aparece en sus páginas si es feliz y tiene una vida sin eventos.

Se me ocurre que hay otra gran similitud entre los psicoanalistas y los escritores. Esta es la importancia que el lenguaje tiene en nuestro oficio. Cuando un paciente entra a la sala de un analista, lo que hace es contarle la historia o las historias de su vida. El orden en que las cuenta, las palabras que usa, incluso la forma la que estas palabras aparecen en una oración y evidentemente las asociaciones de ideas, cambian de acuerdo a cada uno. En ese sentido, un paciente es un relator de historias y un psicoanalista es su lector. Un analista, como un lector, busca no solo el texto sino el subtexto de aquello que escucha. Un paciente, como un autor, puede ser un narrador tramposo, manipulador, no confiable, o como algunos escritores, también, un torrente de honestidad. Pero las palabras siempre son parte esencial del medio, el vehículo que condiciona la comunicación. Un psicoanalista con frecuencia busca interpretar las frases y los gestos de su paciente. Sin embargo las palabras a veces no comunican sino que distorsionan, oscurecen, son insuficientes para contar esa parte de la vida que se quiere comunicar. Me imagino que así como hay muchos escritores que no encuentran las palabras para referirse a una situación, habrá muchos pacientes que no tienen las palabras para expresar lo que sienten. En este tema del lenguaje, del testimonio de un paciente, como en un relato, cuenta no solamente lo que se dice sino lo que se sugiere y se omite. Los silencios, las frases no terminadas, las reiteraciones de palabras, son parte también del lenguaje que un analista, y a veces un lector puede interpretar. Lo que me parece esencial rescatar de este hecho es que todo acto de habla o de escritura es un acto creativo, es un intento por inventar y crear y que en ese sentido profundo, no hay un escritor escéptico o desesperanzado. Escribir, hablar son siempre actos de fe.

El hecho de que la literatura sea ficción y el testimonio de un paciente no lo sea, no me parece una diferencia demasiado grande. Con frecuencia, los novelistas cuentan también sus historias privadas, disfrazándolas. En cierto sentido, toda novela es una autobiografía, aunque sea una autobiografía disfrazada. Mario Vargas Llosa ha dicho que los escritores son como las muchachas que se quitan la ropa frente al público, solo que en el caso de los escritores es al revés. Están desnudos frente al público y para disimular su desnudez, van disfrazándose en personajes y escenas de ficción, es decir van poniéndose la ropa en vez de quitársela. La ficción es un terreno que puede servir para disimular que las historias que contamos los escritores que en realidad son las nuestras.

Y esto me lleva a uno de los efectos fundamentales del uso del lenguaje en el oficio de escritor, su efecto terapéutico.  Contar una historia es un modo de objetivar los traumas, los problemas, las dificultades. Escribir es en cierto modo formalizar nuestras obsesiones, ponerlas en palabras y liberarnos de ellas. Es un acto de fe y de coraje pero también de liberación. Al hablar de nuestras dificultades y problemas, al objetivarlas y fijarlas fuera de nosotros en palabras, en cierto sentido nos deshacemos de ellos o los miramos desde afuera. Las experiencias y sensaciones se encuentran encapsuladas en la forma de las palabras, y están fuera de nosotros. Por otro lado, ya no estamos solos en nuestra relación con esas dificultades. Estamos compartiéndolas. Expresar, objetivar, compartir, liberar, son etapas en este proceso de la narrativa como terapia.

En una ocasión escuché decir a alguien que entrar al confesionario y contar sus pecados era un acto de liberación. Me agregó que confesarse era lo mismo que hacía ante un psiquiatra solo que le salía gratis y que la penitencia que el sacerdote le daba era en cierto modo una terapia. Así, pues, los confesionarios podrían ser los divanes del mundo religioso.

Los pacientes, por lo tanto, como los escritores, son también contadores de historias. La ventaja de los pacientes es que las cuentan cara a cara y las acompañan de gestos y tonos de voz, mientras que los escritores solo tenemos el lenguaje escrito para poder expresarnos. Sin embargo, creo que hay otra diferencia y es que en cierto modo, los escritores no le contamos la historia a nadie sino a nosotros mismos. El  hecho de que un lector comparta esa historia contada a uno mismo es parte del proceso. Pero ningún verdadero escritor piensa en un lector cuando escribe. En cierto sentido, por eso, la literatura me parece una auto confesión que sólo después, cuando es inevitable, se difunde.

Y sin embargo, me doy cuenta que en lo que he escrito hasta aquí solo he apuntado de un modo muy parcial a la función que contar historias cumple en nuestras vidas. Quizá no es cierto que las narraciones tengan solo una función terapéutica sino un sentido más general.

Quiero decir con esto que las historias son un impulso natural en nuestras vidas. Hay en todos nosotros una necesidad por contar nuestra historia, cualquiera de nuestras historias propias, como un modo de afirmar nuestra individualidad ante los demás. Todos somos un conjunto de historias, y queremos integrarnos a través de ellas con el resto de las personas. Todos queremos de algún modo crear un puente con los amigos y conocidos y otros, contándoles de algunas historias reales o ficticias, que en el fondo es lo mismo pues al contarlas todas las historias son reales. Cuando conocemos a alguien o cuando queremos intimar  con una persona le hablamos de nuestra historia, de nuestras historias. Le contamos hechos básicos, por ejemplo cuantos hijos tenemos, en que trabajamos, donde hemos vivido. Estas confesiones son pruebas de afecto, lazos de intimidad. El hecho de revelarnos ante otro y de preguntar al otro por sus revelaciones de vida es como sellar un pacto del afecto, del interés mutuo. Es lo que ocurre en esos raros momentos de la amistad cuando un amigo le confiesa a otro un episodio o un sentimiento muy íntimo. Contar una historia íntima es un acto de fe en el otro. No siempre estas confesiones se hacen en espera de una respuesta. Con frecuencia uno confiesa aquello que le preocupa simplemente por una necesidad de hacerlo.  En este tema de las historias como una inclinación natural, podríamos abundar. Todos contamos historias reales o ficticias todos los días y seguimos contándolas durante las noches. Los sueños son en cierto sentido narraciones que nos contamos a nosotros mismos, producto de los residuos que se han acumulado durante el día. Como los relatos, los sueños tienen un efecto hipnótico. Creemos que son verdaderos mientras los soñamos, como también creemos que son verdaderas las grandes novelas mientras las leemos. Solo cuando terminamos de leer o cuando nos despertamos, cuando ese efecto hipnótico desaparece, comprendemos que eran una ficción. Y sin embargo, qué ficción más verdadera.

Y me parece que es verdadera porque un escritor cuenta de los problemas que no sabía que tenía. Al habitar sus personajes, al hacerlos parte de uno, un escritor proyecta en ellos sus obsesiones. Para hacer esto, creo que un escritor necesita una gran dosis de coraje, y por eso con frecuencia les he dicho a mis alumnos que el único requisito fundamental para ser un escritor es el coraje de mostrar quien uno es, aunque sea a través de las mediaciones de los personajes de ficción. Pero también es cierto que en esos canales que se establecen entre un verdadero escritor y su inconsciente, aparecen con frecuencia traumas y obsesiones hasta entonces ocultos por el. Por eso es que la literatura aprovecha en cierto modo aquellas preocupaciones que los escritores no sabíamos que teníamos, aquellas obsesiones que están encerradas en el fondo inconsciente y que surgen en las paginas, a veces con una ferocidad inesperada. Son esas obsesiones las que florecen en el momento de la literatura. En ese sentido, aunque trate sobre episodios y personajes ficticios, no hay comunicación más verdadera ni más esencial que la que se establece entre un escritor y un lector.

He dicho antes que un escritor puede ser comparado con un paciente y creo que de todos los síntomas que tiene seguramente el mayor es el de la esquizofrenia. Una novela tiene muchos personajes y un escritor tiene que habitar en cada uno de ellos. Habitar en un personaje significa no sólo reproducir su aspecto o describir sus acciones sino respirar en su interior. Para que un personaje sea convincente el escritor tiene que literalmente ponerse en su lugar. Su obligación es ver el mundo desde el cuerpo y el alma de sus distintos personajes, ser cada uno de ellos en todos sus sentidos. Cuando una novela tiene seis o siete personajes distintos, eso significa que el escritor tiene que habitar en todos ellos, lo que puede ser una experiencia difícil. Me imagino lo que debe haber sido para Víctor Hugo por ejemplo escribir Los Miserables. Tuvo que ponerse en el lugar de Jean Valjean y en el de Javert y en el de Cosette y en el del obispo y en el de Mario y en el de Gavroche e incluso en el de los malvados y avaros Thenardier. En fin, tamaña disposición para entrar en el mundo de los distintos personajes solo era posible en un esquizofrénico profesional, una cualidad que los escritores sin duda deberíamos tener y por supuesto cultivar y estimular.

He dicho antes que escribir es siempre un acto de liberación, de distensión, lo que se comprueba en los numerosos aficionados a escritores que vemos todos los días. En este sentido, un escritor se libera creando a los personajes que en el fondo es o que quiere ser o que no se atrevió a ser. La ficción es en ese sentido quizá un espacio de realización de todo aquello que no pudimos realizar en la vida real. Una de las formas de liberación para un escritor es el de proyectar aquel personaje que uno no se atrevió a ser, o no pudo ser debido no a las represiones del mundo sino a las suyas propias.

En este sentido siempre me ha llamado la atención el caso de Flaubert. Flaubert que nunca se casó, que solo vivió una relación romántica seria en su vida (con Louise Colet) y que lo hizo a la distancia, que quizá sufría un cuadro de histeria y represión, que vivía con su madre en Croisset, que contrajo la sífilis en un viaje al Oriente, se dedicó por entero a su trabajo, llevando una vida que comparó con la de un monje. Este monje, sin embargo, crea uno de los personajes más libres, más insolentes, más románticamente activos de la literatura. Crea a Madame Bovary. Crea a la mujer que enloquece de amor leyendo novelitas románticas y que busca y persigue desesperadamente a sus amantes, a Rodolfo y a León y que luego toma el cianuro, y que en una de las más grandes escenas de la literatura, va a hacerla dar el más grande beso de amor que jamás había dado, al crucifijo que le ofrece un sacerdote, poco antes de morir. Flaubert inventa al personaje que quizá era la expresión de quien él había deseado secretamente ser, la insolente, romántica, desbordante, Emma. Y sin embargo, en un gesto ambiguo de amor y de rechazo hacia esa zona de su inconsciente, en la novela la ensalza y también se burla de ella, la coloca como una heroína pero con frecuencia una heroína algo ridícula. Yo pienso que le tenia miedo, esta es una interpretación quizá antojadiza, a esa mujer que habitaba en el y que también lo desbordaba y que por eso Flaubert en cierto modo no se atrevió a ensalzarla, como si lo hizo Tolstoy con Ana Karenina.

La escritura como una ocasión de crear las identidades reprimidas, de convivir con quien hubiera querido es un modo de ver su ejercicio terapéutico. Una persona no debe ser definida por quien es sino por quien quisiera o hubiera querido ser, y eso es lo que su obra literaria nos revela. El modo como imaginamos, como fantaseamos y como tratamos a nuestros personajes de ficción, es también un modo de definir quienes somos. Pero esa no es evidentemente una interpretación fácil, y los rostros de un escritor siempre son muchos y evasivos. No en balde crean interminables polémicas sobre su naturaleza.

Pero como bien sabemos, no sólo confesarse sino también imaginar es una necesidad. No podemos vivir sin imaginar un mundo distinto a éste, en el que demos rienda suelta a nuestras fantasías. No podemos vivir sin la música, las novelas, el arte, la religión, las ilusiones del amor. Nadie puede vivir sin la ficción porque nadie se conforma con el mundo que lo rodea, tal como lo percibimos. Ni siquiera las personas que dicen ser más felices y tranquilas, pueden vivir sin la ficción y la imaginación. Hay sin embargo algunas personas, entre ellos los escritores y los lectores compulsivos, que perciben el impulso a la imaginación como una obsesión.

Y esto se debe, creo, a que un escritor siempre es un ser insatisfecho, cuya vida parte de un desacuerdo esencial con la realidad, de una relación conflictiva, traumática con el mundo real. En la infancia de todo escritor, al menos en la de los escritores que conozco, ha habido siempre un descubrimiento traumático, una perdida importante, una forma de la violencia. Casi cualquier vida de escritor nos da ejemplos de ello. Escritores tan distintos como Juan Rulfo, el gran escritor mexicano que vivió en los hospicios y orfelinatos de Jalisco y Jorge Luis Borges, que fue enviado tarde en su infancia al colegio donde el resto de la clase se burlaba de ‘el, o de  Mario Vargas losa  que descubre con horror la presencia de su padre, son algunos ejemplos del escritor que nace de un desacuerdo esencial con la realidad  y que de algún modo buscan un desagravio en la ficción. Veo que al hablar de ellos, he vuelto a mi idea original de la literatura y de la confesión como una forma de terapia, pero a esas alturas creo que esa visión no contradice la idea del arte como un impulso natural.

Si creo que hay alguna cualidad necesaria en un escritor, ésta es la de vivir en un estado de permanente asombro ante el mundo. Para Goethe, el escritor o el artista es un ser que vive en un estado de “pubertad eterna”. El asombro, la sorpresa, la curiosidad, la búsqueda –cualidades que parecen propias de los niños que descubren el mundo-, son inseparables de un estado creador. 
Todo escritor es por lo tanto vulnerable. Tiene los nervios erizados en un estado de tensión permanente. Es un ser inestable, obsesivo, inasible, curioso y atemorizado. Su única obsesión es encontrar una voz propia en el ruido del mundo. Y sin embargo, la gran ventaja de los escritores, creo, es que ninguna experiencia es mala en sus vidas. Todas las experiencias duras y difíciles pueden convertirse en puntos de partida para sus obras. En uno de sus poemas, Borges habla del antiguo alimento de los héroes, ese conjunto de emociones que hizo a los personajes singulares de la historia. Esas emociones que forman a los héroes no son el coraje, la dignidad o el honor sino los bochornos, las humillaciones, las vergüenzas, el dolor. Solo de este barro primordial, de todas las experiencias duras y terribles, surgen los personajes que de algún modo van a inventar un universo propio, una obra personal que compita con la realidad y al mismo tiempo la represente. Yo estoy seguro de que si cualquier escritor de los que he mencionado hubiera pasado por una infancia armónica y fácil, no habría escrito la obra que escribió. Y agregaría que el primer deber de un escritor es proteger sus frustraciones, sus traumas, sus obsesiones, en suma, su dolor. Todas las veces que he conocido a escritores satisfechos, felices, armónicos, he visto cómo dejaban de escribir. No hay más que ver cómo en la infancia de uno de los escritores que mejor ha ensalzado la dignidad y el coraje, hay escondida una vida de conflictos y frustraciones. Me refiero a Charles Dickens, el gran escritor inglés, en cuyas novelas aparecen con frecuencia niños que sufren una serie de obstáculos terribles en sus vidas para terminar salvándose gracias a la bondad de algún protector. La misma infancia de Dickens, como sabemos, fue terrible. Cuando su padre fue preso por deudas, él tenía apenas once años. Desde entonces, tuvo que trabajar en una terrible fábrica de betún, en condiciones espantosas, con trabajos casi forzados en un ambiente maloliente e inmundo. Sin embargo, en alguna zona de esas lecciones de oprobio y de dolor, Dickens encontró que lo que motiva a los seres humanos como él era esencialmente la esperanza y la fe en su propio futuro, y en el papel benefactor que puede tener el azar. Tanto para él como para sus héroes Oliver Twist o David Copperfield o Pip o  Martin Chuzzlewit, de algún modo esas lecciones del dolor fueron la fuente de la creatividad que los obligó a estar a la altura de lo mejor que podían dar.

Novelar es revelar y leer novelas es asimilar revelaciones. A través de las novelas, intuimos ese fondo, de la vida, con frecuencia indescriptible, irreductible, tras el ropaje de nuestras rutinas. Por eso, creo, la novela nos ayuda a entender mejor las dudas y los enigmas de los que está hecha cualquier naturaleza humana. No los aclara o los explica. Los define en sus indefiniciones. Si algo hace la literatura de calidad es hurgar en las ambigüedades y contradicciones de nuestra naturaleza y lograr por encima de la comunicación rutinaria, una comunicación esencial, la revelación de un fondo desesperado y vulnerable que define a los seres humanos.

Si todos los seres humanos tendemos a la imaginación, los escritores y los lectores se encargan de recordarnos el extraordinario poder que esta puede  tener. Su propósito es casi irrealmente iluso: hacer que el lector se emocione ante los hechos de personas ficticias. Que sintamos como reales seres que son inventados, que no existen. Y, sin embargo, vaya si existen. Vaya si existe Julien Sorel y su amor por Madame Merle, y el niño Ernesto que viaja de la mano de su padre y ve el Zumbayllu, y el Esclavo que muere asesinado por la espalda, y Eugenia Grandet que acepta su destino sin amor con una resignación sencilla, y los caminos de polvo que recorren El Quijote, el caballero de los leones, y su escudero Sancho, y Ana Karenina que renuncia a su pequeño hijo, por su amor a Vronski, y José y su hermanos, y el capitán Ahab, y el estudiante Toerless, y tantos otros personajes que en todos los tiempos y edades se acuestan con sus millones de lectores para poblar sus sueños y se despiertan con ellos para dar un sentido a su vigilia. Por eso, porque a todos nosotros, la novela nos ha hecho darle un significado a los sucesos de nuestras vidas, porque no vemos los hechos del mismo modo luego de haber leído un gran libro, ese género indispensable a la vida puesto que la ha hecho más soportable.

Un escritor entonces se guarece de la realidad pero al mismo tiempo la representa. Crea un universo de ficción pero este universo se parece mucho al de la realidad. Pero evidentemente no es un soñador o un iluso o un despistado. Para lograr representar el mundo, para darle apariencias de verosimilitud, debe conocer la realidad a fondo. Por lo tanto, me parece que un escritor es esencialmente un observador y un hurgador de la experiencia humana. Sin conocerla, no podría fabular sobre ella. Sin haber tenido experiencias duras en su vida, no podría imaginar otra. Y esto me lleva a la idea central de lo que quería compartir con ustedes esta noche. La idea de un escritor como un cultor de la experiencia humana, la de alguien fascinado con las contradicciones y misterios de las vidas, de la variedad de las vidas, me parece la más adecuada. En una ocasión, cuando un escritor joven le preguntó a William Faulkner sobre qué tema podría escribir, el gran escritor sureño le contestó: “Escriba sobre la condición humana. Eso nunca pasa de moda”.

Al dar esa definición de un escritor, la de un cultor de la experiencia humana, compruebo que otra vez podría ser la de un psicoanalista. Pero en vista de que los escritores somos personas por lo general de dudosa catadura moral o mejor dicho de ninguna moral, hay una gran diferencia entre  nosotros, a la que ya me he referido. Mientras que los analistas se encargan de que las historias de sus pacientes tengan un final feliz, los escritores no buscamos influir en las historias ni ayudar a los personajes ni procurar restablecerse de sus heridas. Con frecuencia nos interesa apenas acompañarlos, sin saber a dónde vamos con ellos. Y es que a diferencia de la ciencia, a la literatura creo que no le interesan las respuestas sino las nuevas preguntas y las nuevas dudas y las nuevas ambigüedades. Como no seguimos ideas sino imágenes, no les damos un significado.

Cada vez que no entendemos algo, creo que los seres humanos contamos una historia. Es por eso que el origen del mundo y la creación de los países y el nacimiento de los dioses se explica siempre a través de historias. Las historias no dan ideas sino hechos. Creo que escribir en cierto modo consiste en intentar no dar explicaciones ni respuestas sino en explorar y buscar, en suma contar.

Si los escritores nos muestran las dimensiones de los pozos y los vacios en los que los seres humanos nos sumergirnos, me alegra que existan los analistas que conocen bien el camino hacia el fondo de esos pozos, pero también los esfuerzos que podemos hacer algunos, para regresar de ellos. En ese  sentido, un analista es no solo un lector sino también un escritor que comprende que mas allá de las reglas generales, cada paciente es una historia particular, una  novela real que solo le pertenece y que en algún lado de esa  historia hay un final feliz latente que el, ya no como lector, sino como autor colaborador de esa  historia, esta obligado también a escribir. Así, pues, al final de esta presentación,  me doy cuenta de que los psicoanalistas también son escritores, como yo pues deben ayudar a sus pacientes a seguir escribiendo los textos verdaderos que sus pacientes les cuentan, y eso hace que esta sea, como dije al comienzo y con más razón, una reunión entre colegas.

Y me gustaría terminar citando un párrafo de uno de los más grandes ensayos que se han escrito, el que Julio Cortázar le dedicó a John Keatrs, “Imagen de John Keats”. Según el gran escritor argentino, lo que quiere decirnos la poesía de Keats es que “el mundo es deplorable pero la vida –en o contra el mundo- guarda toda su belleza y puede, en la realización personal, transformarlo.” Para Cortázar, Keats propugnaba reemplazar el llanto por el grito, la elegía por la oda, la nostalgia por la conquista”. Quizá esta es la conquista del arte, de la creación, de la vida.  Escribir, como hablar, y como escuchar y leer, son actos creativos, instrumentos de transformación del mundo. Y con esta nota estimulante tal vez debemos terminar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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