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Conversaciones con la Tierra
Las orquídeas no son para mayo ni para agosto.
Poder, desarrollo y medio ambiente:
¿La interdicción ausente?
Marcos Gheiler / César Bedoya
23 de octubre 2009
Unas orquídeas que florecieron mucho antes de lo acostumbrado nos reafirmaron una inquietud: comprobar en nuestros hogares la alteración climática anunciada por los científicos, pues se trataba, también, de situaciones repetitivas que coincidían con lo descrito por éstos, en muchos lugares del planeta, como manifestaciones evidentes del cambio climático. Estamos siendo testigos de la cantidad creciente de advertencias, cada vez más contundentes, respecto al peligro que acarrea la forma en que venimos atacando el equilibrio medioambiental de nuestro planeta.
Denuncias como las del Quino (Joaquín Lavado), que advierte con sus dibujos, la corrupción de las grandes empresas que, ajenas al peligro al que exponen la vida sobre la tierra, persisten en sus acciones contaminantes. Estamos de acuerdo con críticas como éstas. Sin embargo creemos que quedan cortas al centrarse en tales personajes y consideramos fundamental decir que tales productos contaminantes no podrían ser un grave problema sino en base al consumo que todos hacemos de ellos.
Nos preocupa cómo la población, casi al unísono acusa una ausencia de Ley - Padre – interno, en relación al daño que, para nuestra efímera comodidad, le estamos infligiendo a La Madre Tierra. Y, nos preocupa igualmente, sino más, el vacío casi total de reflexiones, escritos y congresos psicoanalíticos que den cuenta de nuestra preocupación por el tema, incluyendo intentos de proporcionar explicaciones que favorezcan una toma de conciencia de los impulsos perversos que están convirtiéndonos muy rápidamente en víctimas de nosotros mismos.
Quino pone el énfasis en una suerte de “industria anónima” que provoca la contaminación, pero eximiéndonos a los consumidores de nuestra responsabilidad. Quién es y dónde está el Padre – que da la Ley y exige su cumplimiento - frente al daño, al parecer, hoy irreversible, que El Hombre sigue ocasionándole, impunemente, a la “Madre Naturaleza”. ¿Cómo está articulada la triangulación edípica en términos de “unos adultos que puedan dar cuenta de las pasiones destructivas que nos pueden aniquilar”?.
Desde Freud, el psicoanálisis nos aporta fuentes de entendimiento para sugerir algunas interpretaciones sobre por qué el ser humano mantiene con temor, pero con firmeza una acción destructiva sobre sí mismo y sobre la vida del planeta, engañándose y engañando a los demás. Por ello, y porque confluimos en la misma preocupación respecto a nuestro destino, un sociólogo y un psicoanalista nos juntamos para pensar lo que lo que nos estamos haciendo, y para tratar de comprender el hecho extraño de que lo seguimos haciendo, como si no nos diéramos cuenta de sus consecuencias, o no estuviésemos advertidos.
Alrededor de los años 90 se decía que el psicoanálisis se había ocupado del “ello” en sus primeros treinta años, del “yo”, en los siguientes treinta, y que solo después de eso, se interesó por el “superyo”. Esto se ha plasmado en la clínica con nuestros pacientes, y también en cómo los psicoanalistas nos hemos ocupado, o no, de ciertos desarrollos de la cultura. El super Yo como estructura es muy nueva, necesitaría tiempo para consolidarse e implementar la correcta interdicción y cumplir con la tarea que nos atañe: preservar nuestro medio ambiente.
Se discute hoy si el ser humano es o no responsable del calentamiento global. Y queremos proponer que ésta es una defensa, para no responsabilizarnos de los daños que estamos generando a la vista y paciencia de nosotros mismos, más allá de si las consecuencias de ello terminarán siendo tan catastróficas como algunos plantean. Pero es indiscutible que, más allá de esta polémica, estamos generando cambios fundamentales en nuestra vida, cuyas temerarias consecuencias son ya previsibles, tal como el peligroso incremento de la temperatura y la existencia de una “isla de plástico” de un tamaño dos veces mayor que los Estados Unidos, que flota en el Pacífico Norte. Podríamos decir entonces que no se trata de “un cambio climático que entró a nuestros hogares” sino que más bien somos nosotros los que estamos irrumpiendo violentamente en los procesos de la naturaleza, y convirtiéndonos, ahora, como consecuencia, en víctimas de ello.
Gobiernos de algunos países, han logrado corromper a los gobernantes de otros, para “depositar” en estos, sus “basuras radioactivas” con la fantasía omnipotente de que por ser estos, bastante lejanos a los suyos, dichos “residuos” jamás los alcanzarán a ellos mismos. Pero vemos que nuestra basura ha adquirido “vida propia”, y se rige por reglas que ya escapan a nuestro control (omnipotente), como es el caso de “la isla de plástico”, que se “organiza” como una “entidad” en sí misma, y “crece” como cualquier ser vivo.
¿Qué nos impulsa y nos ciega al punto de no percatarnos de lo que “nos estamos haciendo”?. O, aún percatándonos, qué paraliza nuestra acciones, usando el pretexto de que es muy poca la contaminación que cada uno de nosotros puede provocar, comparada con los volúmenes de contaminación que provocan “otros”, como los industriales, como si todo aquello que las industrias fabrican no las usáramos nosotros mismos. Esto equivaldría a pensar que sería legítimo matar de tanto en tanto a quien uno quisiera, solo porque apenas agregaría un número insignificante de muertes a la gran cantidad que ocurren por las guerras, o matanzas de diverso tipo. No, eso no acontece así. Posiblemente no lo hacemos, no matamos, porque no sentimos frecuentemente un deseo suficientemente imperativo de hacerlo, y, eventualmente, claro, por el temor al peso de la ley, o por nuestro propio sentimiento de culpa y/o valores adquiridos, amén de otras razones complejas que se han ido instalando en nuestras mentes (superyo) a lo largo del desarrollo de nuestras historias personales y colectivas, que funcionan como “leyes” internas, de suficiente efectividad.
Pero esto, ese “superyo interdictito” en lo relativo al tema que nos ocupa, no está funcionando de la misma manera. Actuamos como si cada una de nuestras pequeñas acciones no fuera determinante de esta acto suicida para el que, colectivamente, parece que estuviéramos perfectamente organizados. Seguimos consumiendo artículos que requieren, en casi todos los casos, alrededor de seis a siete veces su peso en materiales diversos, por lo general, contaminantes. Se nos está haciendo imposible prescindir de una cantidad creciente de satisfacciones y detener la carrera hacia esta transformación irreversible.
James Lovelock, describe la urgencia de pasar de un “desarrollo sostenible”, a un “retroceso sostenible”, al sospechar que no será posible continuar en esta forma de “progreso” en la que como nos confronta Quino apunta más a un estar “construyendo la destrucción del futuro” que a erigir un futuro viable. Proponemos la sospecha de que el ser humano, “masivamente”, no tiene, dentro de sus estructuras mentales, una “ley interna” que lo faculte a cambiar esta situación, ni tampoco una posibilidad de desarrollarlo tan rápidamente como lo estamos necesitando. De un lado, parece no poder proyectarse lejos generacionalmente con un interés y preocupación verdaderos; y del otro, observamos, que, de no mediar la Ley y el castigo, tampoco lo tiene para el momento presente. Todo parece indicar que las alteraciones climáticas profundas que venimos sufriendo tienen que ver con la acción (o inacción) del ser humano. ¿Por qué aún habiendo normas y acuerdos al respecto del tema, resulta difícil o imposible asumirlas y hacerlas cumplir? ¿Por qué el psicoanálisis internacional no se está planteando la necesidad de advertir, explicar y, de ser posible, brindar instrumentos, para facilitar una transformación en este respecto. Quizá sea un error plantearlo así, Tal vez se trata de nuestra sujeción al principio del placer y a la pulsión de muerte, que nos lleva a sentir que cualquier medida a tomar, sería una causa perdida.
Necesitamos un “enemigo leal” (dice Roberto Mac Lean), que nos permita reconocer esta disposición autodestructiva ¿Y quiénes son aquellos “enemigos leales”? El psicoanálisis podría ser uno que ayude a mostrar que lo que verdaderamente interesa hoy por hoy es lo que le está haciendo a la vida el ser humano. ¿Qué ofrece el psicoanálisis no solo para hacer consciente lo inconsciente sino para construir un aparato mental que nos permita pensar estos impulsos, deseos y acciones y alcanzar un entendimiento, de los mecanismos inconscientes que nos impiden cambiar la figura que Castoriadis plantea lúcidamente como “Consumo, luego existo”.
La tierra se formó hace cuatro mil seiscientos cincuenta (4,650) millones de años, En el paleolítico la población no pasaba de 125,000 habitantes, en el neolítico ya eran más de 5 millones y actualmente ya somos más de 6,700 millones de habitantes.
De todos los problemas globales que aquejan hoy a nuestro mundo, uno de los más dramáticos es el del cambio climático. En los últimos 100 años la tierra ha incrementado su temperatura en 0.74 grados centígrados y recientes indagaciones científicas plantean que en adelante lo hará en 0.2 grados por década, y ello tiene que ver en gran parte con la concentración de dióxido de carbono, que a la fecha es la más alta de los últimos 650,000 años. Las series históricas climatológicas muestran que desde la primera revolución industrial a nuestros días los llamados gases de invernadero (dióxido de carbono, metano y óxido de nitrógeno) se han incrementado exponencialmente, fundamentalmente, por el uso de combustibles fósiles, lo que hace fácil deducir que en este fenómeno climático, la responsabilidad del ser humano es más o menos evidente. Los científicos más conservadores aluden a este fenómeno denominándolo “cambio climático”, y los que son considerados, lo denominan “crisis climática”.
Las consecuencias a nivel global son notorias, como el incremento de la frecuencia y/o magnitud de eventos extremos: sequías, inundaciones, olas de calor, tormentas, destrucción de biodiversidad. A estos se suman impactos que algunos consideran ya irreversibles como son el retroceso de los hielos de Groenlandia y del Continente Ártico, la ralentización de las corrientes frías submarinas y el incremento de las corrientes cálidas del Atlántico Norte. En el Perú, los efectos asociados a este fenómeno son el aumento de las heladas, la deglaciación de zonas antes denominadas hielos perpetuos y la aparición de enfermedades tropicales en zonas usualmente frías, por el incremento de la temperatura y la irregularidad de las lluvias. Según información reciente del Ministerio del Ambiente, el Perú es el 3er. País más vulnerable al cambio climático, y La Oroya la quinta ciudad más contaminada del mundo. Para poner en marcha medidas de adaptación a este fenómeno, los países pobres necesitamos alrededor de 150 mil millones de dólares al año.
Lovelock afirma que no es la tierra sino la civilización la que está amenazada. Del mismo modo como tenemos ya los megatones necesarios para eliminar varias veces a cada ser humano sobre la tierra, hemos también generado cambios en los mecanismos espontáneos de la naturaleza, que ahora, por si solos podrían dañar seriamente la vida sobre el planeta. El sociólogo inglés Anthony Giddens, nos remite a la idea de la “incertidumbre fabricada”. Él afirma que la vida siempre ha sido un asunto arriesgado, el tema es que en nuestros días, resultado de la intervención humana en la naturaleza y la sociedad, las incertidumbres (y oportunidades), son en gran parte nuevas. El avance de la “incertidumbre fabricada” es resultado de la modernidad, de las instituciones que la sostuvieron en su inicio y que han ido mutando en la globalización. No lejos de este razonamiento, se halla el sociólogo alemán Ulrich Beck, famoso por acuñar la idea de la “sociedad del riesgo”. Esta noción busca dar cuenta del fin de la modernidad, a la identificación de nuevas condiciones de existencia humana, que tienen que ver con la flexibilidad del trabajo, instauración de nuevos discursos que van más allá del decimonónico clasismo, crisis de las instituciones modernas, la incertidumbre en medio del pacto social, la dominación del capital y sus consecuencias para la economía, la política, la sociedad, la cultura y, sobretodo, para la naturaleza. En el centro de estos grandes cambios está el ser humano, el agente social, como actor que los provoca y como actor que los asume y padece.
Hannah Arendt acuñó el concepto “banalidad del mal”, para entender el funcionamiento mental de los nazis, que cumplían su tarea de aniquilamiento totalmente distantes, de un lado, a cualquier asomo de empatía, y sin desarrollar tampoco, del otro lado, un goce placentero en esta acción perversa. Es decir, no se prefiguraba un núcleo sádico o cruel, sino que empezaba a operar una profunda falla interna en la capacidad de reconocer la significación de la acción. Tal vez esta misma falla o una similar tenga que ver con el tema que nos preocupa.
Edgar Morín, filósofo contemporáneo, en su esbozo que hace de la barbarie humana en occidente, plantea que las ideas de homo sapiens, homo faber y homo economicus, resultan insuficientes, dado que el homo sapiens, puede ser también, al mismo tiempo, homo demens, capaz del delirio y de demencia; en tal sentido cabe considerar que en la base de la barbarie humana, encontramos ya esta vertiente demens, productora del delirio, del odio, del desprecio y la desmesura. Así como Freud, cuando analiza la guerra y la plantea entender desde la alternancia necesaria de las pulsiones que se hallan ligadas, Morín, despliega una pregunta en el mismo sentido refiriéndose a la barbarie. Dice, “¿No es sin embargo un ingrediente de la civilización que jamás podrá suprimirse?” Nosotros estamos extendiendo el alcance del concepto “barbarie” a lo que el ser humano hace con el planeta.
Pensamos que el hombre y la civilización, a lo largo de su proceso de desarrollo, ha ido, cada vez más, adquiriendo poder, que viene utilizando no solo para enfrentarse a sus congéneres a través del desarrollo de cada vez más sofisticadas armas de guerra, sino también, y sobre todo, para explotar la tierra cada vez con más facilidad y rapidez, y con menor esfuerzo, lo que le ha ido dando a su vez, al hombre, más comodidad y más poder. Este poder se ha ido multiplicando exponencialmente, y a esta capacidad la hemos llamado progreso y desarrollo, y no ha habido, por ello, mayormente, mucho que impida (interdicción) que, en términos generales, dicha explotación y dicho poder, avancen de la manera descontrolada que, podemos comprobar, ocurre hoy en día. Hoy, por una cantidad relativamente pequeña de dinero, muchísimas personas del “mundo civilizado” podemos adquirir infinidad de objetos, que, antes, para obtenerlos, tendríamos que haber dedicado semanas, meses o años, para lograrlo.
Lo que queremos decir con esto es que el hombre como tal parece haber ido desarrollando algo que podríamos llamar “corrupción cultural colectiva”, producto del poder tecnológico y de las características del mundo contemporáneo, una “corrupción” que se caracteriza por no poner límite a la satisfacción de sus deseos materiales, llegando a parecernos “natural”, ir al supermercado y llenar nuestras refrigeradoras, viajar, comprar los objetos que estén a nuestro alcance económico y mucho más, sin que medie ningún juicio acerca de cómo esos productos son elaborados ni qué implicaciones tiene su uso.
Que “el poder corrompe”, es una idea que usamos fundamentalmente para referirnos a aquellos que abusan a partir de la posición política o cargo directivo, que poseen, porque están mucho más a la vista. Lo que no observamos comúnmente, porque sería muy incómodo, es el modo en que cada uno de nosotros ha ido adquiriendo poder, no ya para enfrentarse con otros, sino para obtener de la tierra aquello que nos apetece. Y a partir de esa situación el hombre ha ido - colectivamente - organizando su mente de tal manera, que, a través de conceptos como “desarrollo” y progreso”, ha logrado justificar de manera muy bien organizada, la legitimidad de esta explotación haciéndola prácticamente invisible para nosotros mismos. Es decir, una negación de nuestro actuar cotidiano y una proyección y desplazamiento masivos sobre algunos pocos, de modo que de manera muy “conveniente” pareciera como si fueran solo ellos, y no todos nosotros, los que a través de ese poder corrupto, explotamos la tierra, al dejarnos seducir por nuestros propios impulsos y deseos, en el sentido más literal de la teoría sexual de Freud y del “principio de placer.
Planteamos que frente a esto, no ha habido, hasta ahora, la posibilidad de desarrollar una “función interdictora” (mental), que pueda regular ese “progreso” o “desarrollo”. Hemos creado incluso la posibilidad de explotar la tierra y consumir sus productos “a plazos”, con un dinero que ganaremos en los próximos decenios de nuestras vidas; lo llamamos “comprar al crédito”, lo que agrega otro factor de explotación y destrucción.
Describió una antropóloga brasilera que antes eran los mitos los que organizaban la ética de las poblaciones, lo bueno y lo malo, lo que estaba permitido y lo que no, y planteó su temor de que nuestras leyes, hoy, no alcanzan para frenar el afán de consumo y la codicia del Hombre. Relata, así, que en una tribu de la selva del Brasil, los adultos les cuentan a los niños, por ejemplo, un relato que dice así: “Si tomas del río más peces de los que requieres para tu consumo, saldrá el fantasma del río y te llevará a sus profundidades y allí te quedarás”. Es posible que tengamos una cierta tendencia a idealizar a estas culturas que viven apegadas a la tierra, y frente a las cuales tenemos, no por casualidad, cierta ambivalencia, y nos relacionamos con ellas con un monto importante de conflicto. Si bien es cierto que en ellas vemos “nuestro” punto de partida hacia un desarrollo y evolución que disfrutamos en nuestra actual forma de vida, también encontramos en ellos, “virtudes perdidas” que no logramos rescatar. Una de ellas tiene que ver, sin duda con un cierto “equilibrio del hombre con la Naturaleza”, que se caracteriza por un cuidado y una conciencia de su pertenencia a Ella, que pareciera ser absolutamente “natural”, sin mayores complicaciones ni artificios, y también sin daño para la vida en ella.
Sería esta forma de vida, una suerte de “opuesto” a lo descrito por Castoriadis (1989) en su frase, “Consumo, luego existo”, idea que es tomada por Lutenberg, para describir cómo “cuando el vínculo simbiótico es muy fuerte y la propia discriminación narcisista del yo es muy pobre, la vivencia de vacío que se produce durante el proceso de separación adquiere un carácter dramático”. Podríamos decir entonces que tal vez eso nos viene sucediendo desde que el ser humano habita la tierra y no hemos logrado aún desarrollar un narcisismo lo suficientemente saludable.
Nuestro desafío parece ser “mantener un mínimo de bienestar que pueda ir de la mano con dejar a la vez una Tierra saludable a las próximas generaciones.
Regresando, entonces, finalmente a nuestro título, queremos dejar constancia de nuestra preocupación: si continuamos insistiendo en “seguir haciendo nuestro agosto”, al parecer, muy pronto, no podremos seguir “guardando suficiente pan para mayo”.
Muchas gracias
Bibliografía
Arend, Hanna “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal”. Lumen. Barcelona, 1999.
Beck, Ulrich “La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad”. Paidos. Barcelona, 1994.
Freud, Sigmund y Einstein, Albert “Por qué la guerra”. (Edición introducida por Eligio Resta). Editorial Minúscula. Barcelona. 2001.
Giddens, Anthony “En defensa de la sociología” Alianza Editorial. Madrid, 2000.
Giddens, Anthony “Consecuencias de la modernidad” Alianza Editorial. Madrid, 1999.
Kempf, Hervé “Cómo los ricos destruyen el planeta”. Libros del Zorzal. Bs.As. 2007.
Lovelock, James “La venganza de la tierra. La teoría de Gaia y el futuro de la humanidad”. Editorial Planeta. Barcelona, 2007.
Lutemberg, Jaime “El vacío mental”. Siklos S. R. Ltda. Lima, Perú, 2007
Morin, Edgar “Breve historia de la barbarie en Occidente” Paidos. Espacios del Saber No.60. Bs.As. 2006.
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